LEA Y OPINE...."ESTA HABLANDO MAL DE NOSOTROS LOS COSTEÑOS"
EN TODA ESTA PODREDUMBRE que se ha destapado, que se está destapando, que se debe destapar hasta el fondo, en todo este asunto son muchas personas las que han querido quitarle el tinte regional que tiene y han pedido que se corra el velo que debe estar tapando la parapolítica que también sucede en otras partes de Colombia.
Tienen razón. El paramilitarismo, que es más que narcotráfico porque a eso le añaden robo de tierras y asesinatos selectivos y masacres, y a todo eso le suman el robo del tesoro público, ha infectado a todo el país y no sólo ha corrompido a los departamentos de la costa, pero tampoco puede ocultarse que si todo ha hecho ¡cataplún! por esas regiones es porque en esas regiones las evidencias son mayores y son mayores porque por muchos motivos los costeños, los dirigentes políticos costeños, los funcionarios públicos costeños, son más proclives a la corrupción. Con todo respeto.
Para respaldar esta afirmación abundan los ejemplos históricos y también los casos recientes, ocurridos durante este Gobierno que ha perdido por goleada su bandera anticorruptora y antipolitiquera. En los casos de las últimas semanas sobresale la olla de grillos del DAS, dependencia que se la parrandearon durante casi cuatro años, y sobresale también el caso de la Superintendencia de Notariado, una dependencia que no había causado ruido, que se suponía que funcionaba, que no había levantado ni siquiera sospechas hasta cuando el vallenato Cuello Baute, hermano del presidente de la Cámara, llegó y arrasó.
Se habla -y se habla mucho- de otras dependencias oficiales, entregadas a la colonia costeña en Bogotá sobre las que aún no se ha dicho nada de manera pública, pero sobre las cuales quienes están enterados sospechan que detrás de esas puertas espantan. Dirección de Estupefacientes, por ejemplo.
Los dirigentes políticos costeños, los funcionarios costeños, son más proclives a la corrupción.
Desde luego que estoy seguro de que entre mis improbables lectores habrá algunos costeños que, ajá, lanzarán piedras rabiosas. Y volverán sobre los viejos argumentos regionalistas para recordar que el fútbol y la aviación y el baile y casi todo nació en Barranquilla. Y me recordarán a García Márquez. Y a Shakira y al Pibe Valderrama y a Alejandro Obregón. Y Pacho Galán y el Festival del Porro en San Pelayo.
Desde luego que me lloverán rayos porque conozco bien el alma de los costeños, y sus orgullos son los mismos que los míos. Y porque conozco, mejor incluso que algunos de mis amigos de Barranquilla o de Cartagena, la alegría y la honradez de los campesinos de Guaranda y de los vaqueros de Majagual y de los cogedores de aguacates del Carmen.
También sé que entonces muchos responderán hiriendo a las heridas que les cause la afirmación de que a los costeños les cabe más corrupción que al resto del país. Dirán, ay, que los antioqueños a los que pertenezco son (somos) mafiosos/asesinos/narcos/desalmados, pero no responderé con Porfirio Barba Jacob ni con Francisco Antonio Cano; no diré Botero ni Juanes ni María Cano. Diré que sí, que también.
Pero agregaré aquí que sí, que me parece que la corrupción en la Costa es atroz y deprimente y asesina. Y campeona nacional. Que a la costumbre del tanto por ciento en las platas públicas, inaugurada con risas y con chistes en esas regiones, le agregan ahora el robo a mano armada de los presupuestos para la salud y para la educación, en alianza con los gatilleros y con los motosierristas más asquerosos que, además, se han quedado con las mejores tierras del país, lo cual sería suficiente para que esa parte de Colombia fuera la más rica, la más desarrollada, la más equitativa. Pero no.
Diré eso y diré que la avidez de plata fácil, de plata ni siquiera obtenida con riesgos, de plata conseguida por el poder de cuello blanco que da el acceso al tesoro, es evidente en la costa más que en cualquier otra parte de este país. Y que esa codicia ha postrado de manera vil a una región en la cual los acueductos son exóticos y las escuelas y los hospitales son rastrojos. Y el hambre y el desempleo.
Nada más diré.